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01 de Junio de 2016

Anorexia en el embarazo

Se conoce como pregorexia y es un trastorno alimentario que afecta a algunas embarazadas que sienten terror a subir de peso y, por eso, comen el mínimo y se ejercitan el máximo, pese a que pueden afectar el desarrollo de la guagua. En Chile cada vez más mujeres lo sufren y, según los especialistas, se ve con más frecuencia en las consultas de los médicos del barrio alto.

La primera vez que sintió realmente hambre fue cuando estaba embarazada de su primera hija, a los 24 años. Un hambre que nunca antes había experimentado, porque hasta ese momento –aún no le habían diagnosticado su anorexia–, Maggie Baumann siempre había controlado al máximo su alimentación: de chica, optó por dejar de almorzar en el colegio porque le incomodaba hacerlo delante de las personas y, siendo adolescente, se esforzó por alcanzar el cuerpo perfecto, practicando mucho ejercicio y comiendo cada vez menos. Pero aquella vez, con cinco meses de embarazo, el impulso por comer fue más fuerte. “El hambre que sentí, que para cualquier embarazada es algo natural, a mí me dio mucho miedo”, dice Maggie, que es norteamericana. Hoy tiene 53 años y trabaja como terapeuta en dos centros dedicados a contener a embarazadas que sufren de un trastorno alimentario: el Orange County Therapy, ubicado en California, y el Timberline Knolls Residential Treatment Center, situado cerca de Chicago. Porque Maggie pasó por ello. Fue una embarazada con pregorexia.

Se conoce como pregorexia al trastorno alimentario del tipo restrictivo que se produce durante el embarazo. Son mujeres que evitan comer, o si lo hacen, terminan vomitando. Viven en un estado de angustia permanente por el temor a subir de peso, angustia que suele acrecentarse en los últimos meses de embarazo, cuando el feto más se desarrolla y más crece la panza.
“Recuerdo haberle contado a mi doctor lo que me pasaba: el miedo que me daba comer y engordar. Y él fue muy enfático en decirme que, como estaba embarazada, debía alimentarme y dejar de hacer ejercicio. Hasta ese momento no se me había ocurrido pensar que estaba haciendo algo malo al restringir las calorías que comía”, relata Maggie.

Si una embarazada con peso normal sube alrededor de 10 kilos, una mujer con pregorexia tendría que superar esa cifra considerando el bajo peso inicial. Sin embargo, los kilos no son tan decidores como tener bajos los niveles de proteínas y electrolitos (potasio, sodio, cloro) durante el embarazo, pues ello puede ocasionar problemas cardiacos y, en casos severos, incluso la muerte. Las mujeres con pregorexia pueden también sufrir de anemia, desnutrición, descalcificación u osteoporosis.

En circunstancias normales el caso de los recién nacidos se espera que a las 38 semanas de embarazo el feto esté pesando unos 2 kilos 600. Pero si ha recibido pocos nutrientes, escaso oxígeno y nace pesando no más de dos kilos, puede sufrir restricción de crecimiento intrauterino (retraso en el crecimiento del feto) y, por lo tanto, estar más sujeto a asfixias, (intrauterinas o en el momento del parto), diabetes e hipertensión.

Maggie logró subir, gracias al apoyo médico, 14 kilos en su primer embarazo; sin embargo, no ganó peso en las últimas seis semanas, cuando se supone que la guagua crece más rápido. “Solo sabía que me avergonzaba mi cuerpo cada vez más redondo. Estaba muy desconectada de mi hija”, dice Maggie.

Su hija mayor, Christine, nació bien, no sufrió ningún impacto. Pero no ocurrió lo mismo cuando se embarazó por segunda vez. Whitney, su segunda hija, nació pesando poco más de dos kilos y sufrió de restricción del crecimiento intrauterino. Esta enfermedad hizo que a los cuatros meses de vida se le desatara una epilepsia.

“Mi doctor me advirtió que tenía que detener el ejercicio y comer más cuando estaba esperando a Whitney. Dejé de ir al gimnasio, pero tomaba el cochecito de Christine y empezaba a correr con ella, además de subir colinas y escaleras. No podía evitarlo. Fingía que no estaba embarazada. Hoy puedo darme cuenta de que no era capaz de comportarme como una madre que espera un hijo, porque recién asumía mi maternidad cuando daba a luz. Por eso, no fui capaz de darme cuenta que le estaba haciendo daño a mi hija. Solo lo dimensioné cuando Whitney, siendo una guagua, empezó a convulsionar. Fue muy doloroso”, confiesa Maggie, cuya anorexia, agrega, empeoró entonces.

En 1998 a Maggie comenzó a fallarle el corazón a causa de su anorexia y tuvo que ser internada de urgencia. Una vez superada esta dolencia, y luego de haber pasado por varios tratamientos integrales que le permitieron controlar este trastorno, en 2005 se atrevió a dar varios pasos: uno, decidió hacer un posgrado en Sicología para ayudar a mujeres con pregorexia; dos, optó por hacer público su testimonio en diarios y, tres, escribió un blog llamado Starving For Two (Hambrienta Por Dos). Este último no solo provocó que los medios de comunicación comenzaran a hablar de pregorexia, sino que también causó el rechazo de miles de lectores. Pocos entendieron que se trataba de una enfermedad.

UN TRASTORNO EN ALZA
Cada día son más las mujeres que, como Maggie Baumann, están sufriendo de pregorexia. Si bien no hay estadísticas en Chile, según el doctor Juan Valdivia Martínez, gineco-obstetra de la Unidad de Medicina Materno-Fetal de la Clínica Alemana, este es un trastorno que se está presentando con mayor frecuencia en las consultas médicas. “Ha aumentado en 10% durante los últimos cinco años”, afirma. El médico, además, señala que esas pacientes suelen tener un perfil definido: “Son mujeres muy autoexigentes, tanto en lo laboral como con su físico”.

La siquiatra Daniela Gómez, que es directora médica del Centro Aida, especialista en trastornos alimentarios, cree que el aumento de estos casos se debe a que “la prevalencia de anorexia aumentó en Chile muchísimo en los últimos 10 años y las pacientes que se están embarazando ahora son mujeres que pudieron haber desarrollado trastornos alimentarios y nunca se los trataron. O, si lo hicieron, empeoraron durante el embarazo”.

Un estudio efectuado por la University College de Londres asegura que una de cada 14 británicas está sufriendo de trastornos alimentarios durante su embarazo. En países nórdicos se dice que la pregorexia ha aumentado en 30% y aseguran que esto se debe a la presión que sienten las mujeres exitosas por lucir espléndidas; en tanto que medios internacionales culpan, en parte, a Angelina Jolie o Tori Spelling al haber lucido cuerpos extremadamente delgados estando embarazadas.

No es casual, agrega la siquiatra, que la pregorexia sea parte de los trastornos no especificados que han surgido en los últimos 15 años, como la vigorexia (trastorno que se caracteriza por hacer ejercicio en exceso para lograr un cuerpo musculoso), propios de la sociedad actual, muy preocupada por el físico y la moda. En esta línea, Verónica Irribarra, nutrióloga del Departamento de Nutrición y Diabetes de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, advierte que la pregorexia no es un diagnóstico médico, sino que una manera de llamar a una persona que tiene un trastorno de conducta alimentaria, como anorexia nerviosa, bulimia o un trastorno no especificado durante el embarazo.

La irrupción de la pregorexia en Chile coincide con otro fenómeno: el momento en que empezaron a verse más embarazadas dentro de los gimnasios. Según Francisco Cuello, coordinador del área fitness y piscina de Balthus Vitacura, desde los últimos tres años ha sido testigo de cómo las embarazadas se ejercitan hasta pocos días antes de parir. “Se están viendo muchas más embarazadas en el gimnasio. Antes, iban a la piscina para prepararse para el parto. En cambio ahora entrenan para verse bien y lo hacen bajo supervisión médica”, advierte.

EL ABORDAJE
Al igual que la anorexia nerviosa, que está catalogada como un trastorno de origen siquiátrico, la pregorexia requiere de un equipo multidisciplinario que incluye a un siquiatra, un sicólogo, un nutriólogo, además del ginecólogo que es el que suele detectarlo durante el control del embarazo.

“Por las características del trastorno, son embarazadas a las que les cuesta mucho empatizar con su guagua. Uno puede decirles ‘mira, tu guagüita está en riesgo’, y no lo van a dimensionar probablemente hasta que nazca su hijo. No logran contactarse con el sufrimiento del bebé o del marido que suele estar muy preocupado. De hecho, muchas veces es el marido o la pareja quien advierte al médico que la forma en que ella se alimenta no es saludable”, explica María Ignacia Burr, sicóloga especialista en trastornos de la conducta alimentaria de la Clínica Las Condes.

La sicóloga agrega que las mujeres con pregorexia suelen tener una personalidad rígida, por lo que es importante apoyarlas y darles herramientas para que toleren de mejor manera el aumento de peso durante el embarazo. “Les cuesta muchísimo aceptar el cuerpo nuevo. No solo la guata, sino las pechugas o las caderas más grandes. O sea, ellas no se ponen contentas cuando les dicen: ‘¡Qué lindo, ya se te nota la guatita!’. No gozan el embarazo”.

Para ayudar a este tipo de pacientes es fundamental para los médicos ganar su confianza. El doctor Valdivia sigue siempre la estrategia de bajar el perfil al tema del peso, de manera de empezar a priorizar los cuidados maternales. Asegura que es indispensable contar con el apoyo del entorno familiar (el marido, la madre de la embarazada o una hermana), para asegurarse que coma y tome fierro y vitaminas.

Pero si la vigilancia del entorno no es suficiente y el bajo peso de ella pone en riesgo su salud y la del feto (que se mantiene en un bajo percentil de crecimiento), la indicación es la hospitalización para poder monitorearla de cerca.

“Son mujeres que necesitan que las acompañen y cuiden, incluso durante el posparto, porque ellas mismas no son capaces de cuidarse a sí mismas y pueden requerir más apoyo para armar el vínculo con su hijo”, observa la siquiatra Patricia Cordella, jefa de la Unidad de Trastornos de la Alimentación de Red de Salud UC Christus.

En estas madres hay, además, mucha culpa. “Culturalmente se supone que hay que estar contenta con el embarazo, pero ellas lo pasan mal, porque el trastorno que tienen ocupa mucho espacio en sus mentes”, señala la doctora Cordella.

“Es duro para ellas. Porque, al estar embarazadas, no solo están dejando de subir de peso, sino que se está dañando al feto. Pero no pueden controlarlo. Y les pesa. Se sienten juzgadas porque el resto se los hace saber todo el tiempo”, añade Daniela Gómez.

El tema central no es la falta de amor. “El trastorno no inhibe el instinto maternal. Pero distorsiona la percepción de sí mismas: lo único que quieren es verse delgadas y, al estar embarazadas, se encuentran gordas”, dice el doctor Valdivia.

SALVADA POR EL EMBARAZO
No todos los casos de pregorexia son tan extremos como el de Maggie Baumann. Hay historias de mujeres que llevan años conviviendo con la anorexia y en las que el embarazo funciona como un salvavidas. Según la siquiatra Patricia Cordella, hay pacientes que logran desplazar sus dificultades gracias a la representación del nuevo hijo y, con un poco de apoyo, admiten el alza de peso y los cambios en su cuerpo en la perspectiva de cuidar la salud del hijo.

“A las embarazadas con anorexia les cuesta aceptar el cuerpo nuevo; no solo les complica la guata, también las pechugas o las caderas más grandes. Ellas no se ponen contentas cuando les dicen: ‘¡Qué lindo, ya se te nota la guatita!’. No gozan el embarazo”, dice la sicóloga Ignacia Burr, especialista en trastornos de la conducta alimentaria.

Gabriela Guerrero (24 años, estudiante de Derecho) es una de esas mujeres. A los 22 años tuvo a su hija y pudo controlar la anorexia que tuvo desde los 16, gracias al apoyo oportuno de sus padres, una siquiatra y una nutrióloga. Para evitar que se acercara el fantasma de la anorexia, durante su embarazo, siguió controlándose con su siquiatra y su nutricionista.

“La anorexia es la enfermedad de las mentiras, uno miente y engaña para ocultar que en realidad no come nada. En todo momento mi familia estuvo muy atenta y no dio el brazo a torcer. Yo también puse de mi parte y me esforcé mucho: en vez de pensar en mí, me enfoqué en mi guagua”, dice.

Al momento de quedar embarazada, Gabriela pesaba 48 kilos y subió 15 en el embarazo. Un mes y medio después del parto ya pesaba 50 kilos. Su hija nació sana, pesando poco más de 3 kilos. Ella nunca más tuvo problemas con la anorexia. De ahí que se atreve a admitir que esta es, lejos, una enfermedad difícil, pero no imposible de vencer.

“Una vez escuché que la anorexia era la dieta de la muerte y es verdad. Te va consumiendo, mientras te aíslas y deprimes. Pero se puede salir adelante, incluso estando embarazada. Todas las mujeres pueden lograrlo, solo falta voluntad, aunque sea una enfermedad mental. Hay que aprender a hacer oídos sordos a esa voz interna que te dice que estás gorda y atreverte a pedir ayuda”.

SEÑALES DE ALERTA
• Embarazadas con vómitos muy frecuentes (más de seis veces al día).
• Obsesionadas con pesarse.
• Hablan permanentemente del peso y no del embarazo.
• Antecedentes de trastornos alimentarios durante la adolescencia.
• No toman las vitaminas recetadas porque creen que engordan.
• No suben de peso.
• Se ejercitan en exceso.
• El feto no está creciendo como debiera.

FUENTE: Revista Paula